Sin ti no soy yo

2 enero 2009 at 6:44 pm Deja un comentario

Acabo de llegar de tomarme mis creo merecidas vacaciones de Navidad en Sierra Nevada en las que he disfrutado de una genial compañía y una serie de momentos inolvidables que seguro volverán a mi cabeza en los momentos de estrés del 2009.

Al llegar de nuevo a Madrid, me he encontrado con la saturación de los centros comerciales por las compras de reyes y post navideñas. Teniendo en cuenta que yo soy un auténtico defensor de la Navidad más comercial, quiero compartir en mi primer post del año, un ensayo que terminé hace poco más de un mes para un trabajo universitario en el que mezclaba opinión y crítica artística, que seguro nos ayuda a reflexionar sobre algunos aspectos de tantas compras compulsivas.

(Para entenderlo en su totalidad, te recomiendo tener el buscador de imágenes de google preparado)

Sin ti no soy yo

Cada cierto tiempo los titulares de prensa recogen la noticia de ancianos hallados muertos en su casa, en el mayor de los abandonos y a menudo rodeados de desperdicios y bolsas de basura cuyo hedor había puesto en alerta a los vecinos del inmueble. Sospechando que algo raro pasaba, llamaron a la policía o a los bomberos y estos descubrieron el cadáver. Un final de la existencia propio de folletines truculentos de otro tiempo, pero por desgracia bastante habitual en nuestros días. En el mejor de los casos, los servicios asistenciales intervienen antes del desenlace fatal, pero lo que encuentran no es menos pavoroso: un ser vivo recluido en una madriguera entre toneladas de residuos que han ido adueñándose de su espacio vital hasta reducirlo al mínimo.

Más allá del patetismo de una situación límite o de una extravagancia propia de personas fuera de sus cabales, el caso es revelador de un trastorno específico descrito por los especialistas: el denominado síndrome de Diógenes.


Si a Diógenes, filósofo del siglo IV a.C. y fundador de la corriente cínica, suele representársele dentro de un tonel, semidesnudo y con el pelo largo y desastrado, los ancianos aquejados por el síndrome viven también en el aislamiento y la incuria. Esta actitud negligente, entre la soledad y la misantropía, revela un sentimiento de derrota, de renuncia a vivir dignamente y en plenitud bien sea por carecer de alicientes para hacerlo, bien por efecto del deterioro psíquico propio de las edades avanzadas. Pero la conducta de los aquejados por el síndrome de Diógenes no implica necesariamente una dolencia mental.

La imagen habitual de la sociedad de los enfermos de dicho síndrome es la de personas que necesitan guardar todo lo que encuentran, todas sus pertenencias, por minúsculas y caóticas que parezcan, tienen el suficiente valor como para ser guardado y mostrado, incluso su propia basura.

Es evidente que estamos hablando de casos extremos, ¿Pero acaso no ha existido toda la vida esa necesidad de reconocimiento? ¿de guardar y mostrar las pertenencias y posesiones? ¿de sentirnos más valiosos, incluso como seres humanos, bajo el baremo de lo que tenemos?

El reconocimiento social históricamente ha estado vinculado con nuestras posesiones y las clases altas siempre se han apresurado a mostrar y demostrar sus riquezas, su estilo de vida, su sabiduría y posesiones materiales.

Así veíamos que el estilo pictórico al óleo tuvo su verdadera expansión y motivo al representar escenas financiadas por la sociedad burguesa, para que éstos pudieran exhibir sus grandezas ante los demás.

Escenas que podemos contemplar en obras como Los Embajadores de Holbein, donde se mostraba con aires de grandeza la madera, el terciopelo, el mármol o los elementos dorados y portadores de sabiduría como los libros abiertos o el laúd. En Mr Towneley y sus amigos de Zoffany no sólo se presentaba en exceso los bienes materiales, evidenciados en una extensa recopilación de grandes esculturas clásicas, de los que Charles Towneley hacía gala, si no que además se dejaba constancia de otras posesiones menos materiales pero sin duda mucho más importantes socialmente, las amistades, la posición jerárquica y de influencia.

La pintura al óleo se convirtió sin duda en un muestrario de imágenes por las que envidiar a su propietario. Imágenes que se exponían con soberbia y vanidad esperando la aprobación del resto de sus semejantes.

Representaban objetos lujosos, como en la obra de Peter Claesz Vida tranquila con alta copa dorada, en la que una gran pieza de oro domina la escena rodeada de libros, elementos marinos simbolismo de un propietario viajero y algunas piezas de reconocido prestigio social.

Interpretaban edificios, que habitualmente se colgaban en otras residencias para poder enseñar a los visitantes, las dimensiones de otras propiedades de la familia. Una tendencia que tuvo grandes referentes como Zurbarán, Claudio de Lorena o Nicolás de Poussin.

Se congratulaban al exhibir jardines, paisajes de terrenos, bodegones de alimentos o escenas mitológicas cómo símbolo de sabiduría. Todo lo que mostrara sus pertenencias y sus riquezas eran motivo suficiente para ser coleccionado y guardado en las lustrosas paredes del hogar.

Decenas, centenares o miles de objetos inundaban las estancias brotando de los lienzos de sus propietarios. Como si todos los elementos fuesen importantes, como si el valor de las personas estuviese en dichos iconos, como si todo fuese susceptible de ser enseñado con valor, como si un enfermo del síndrome de Diógenes se tratase.

Si ahora observas la obra El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de David Teniers, te costará observar a un hombre poderoso, estarás contemplando a un enfermo. Si miras la obra de Panini, Galería de cuadros del Cardenal Valenti Gonzaga, no será envidia lo que te proyecte, si no pena por su desequilibrada necesidad de guardar, mostrar y regodearse de todas esas pertenencias. Con la pena que podríamos mirar a un enfermo del síndrome de diógenes.

Teniers- El archiduque Leopoldo Guillermo en su galeria 1647

Teniers- El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería 1647

Pero la sociedad, en su equivocada búsqueda de la felicidad llega a darle tanto valor a sus posesiones, que no se detuvo al mostrar objetos o elementos materiales o etéreos. Necesitaban un paso mayor y comenzaron a adueñarse de todo aquello que les rodeaba.

Es conocido que para varias civilizaciones poco evolucionadas, ser representados o capturados por una cámara fotográfica, suponía perder el alma. Si la representación de tu yo corpóreo en un material sólido tenía esas connotaciones, la interpretación  pictórica ha conseguido algo similar a lo largo de la historia. La sociedad burguesa necesitaba mostrar también que era propietaria de almas y para ello, comenzó a dibujarlas en señal de posesión.

Y no me refiero exclusivamente a obras en las que se mostraban animales domésticos o gráciles corceles, Lucas Cranach ejemplifica este movimiento en las Cacerías de Torgau, si no a la representación humana como símbolo de propiedad.

Numerosas son las escenas en las que podemos observar al representado, con varias posesiones, vestidos de ensueño, reliquias valiosas y sirvientes a su lado. Como si de otra pertenencia más se tratase. Se comercializaba artística y emocionalmente con la posesión de dichas personas, con la propiedad de dichas almas.

Y si bien es cierto que estos elementos ya comenzaban a aparecer en culturas como la egipcia o la mesopotámica, no menos cierto es que dichas representaciones cumplían una función de narración de escenas, normalmente agrestes y de la función de dichos seres humanos para tan arduas labores.

Sólo a partir de la representación de posesiones como proyección de poder y felicidad comienzan a aparecer esclavos o sirvientes como una propiedad más. Cumplen una función, pero son de nuestra propiedad. 

En retratos como el de la princesa Rakoscki de Nicolés de Largillière o Carlos, tercer Duque de Richmond del artista alemán Johan Zoffany, inmortalizan escenas en las que  sirvientes agasajan o mantienes actitudes agradecidas mientras el retratado les extiende el brazo como síntoma de magnanimidad.

En otras pinturas, como Dos negros de Rembrandt van Ryn eran los propios representados quienes se exponían como posesión misma. Ni siquiera se les mostraba desempeñando una labor o tarea, su funcionalidad era ser objetos, ser propiedades para mayor gloria de sus dueños.

Pero no hay duda de que el símbolo de pertenencia por excelencia siempre ha sido la mujer.

Tratada con estilo mitológico, en la que jóvenes mujeres de líneas perfectas, sumisas y dispuestas eran parte de una acción, aparentemente ilustrativa o culta, como si en  La tentación de San Antonio de Morot la verdadera relevancia la tuviese la expresión de tan santo varón. O tratada de manera provocativa, como La joven de las medias blancas de Courbet o incluso la famosa Maja desnuda de Goya.

No importa tanto su tratamiento, si no el hecho en si. La figura de la mujer se muestra como propiedad.

Cientos de propiedades, ya sean materiales o humanas, animales o emocionales. La importancia reside en mostrarlas, en guardarlas y proyectarlas para conservar su valor mismo y por ende, el nuestro, como si de enfermos del síndrome de diógenes se tratase.

La necesidad de ser reconocidos, aceptados y valorados nos hace convertirnos en enfermos. Nuestra búsqueda de la felicidad debería incluir más el trato interpersonal y no tanto a la posesión de elementos materiales.

Pero seguimos dándonos golpes con los mismos muros, cientos de años han pasado y la sociedad, como si de enfermos se tratasen, siguen buscando el reconocimiento y la felicidad a través de las posesiones materiales.

La publicidad, sustituta natural de la pintura al óleo, se convierte ahora en el gran reclamo social que te brinda la vida que no puedes tener, las emociones que no has vivido y las relaciones que jamás podas disfrutar. Te ofrece una promesa de poder que asumimos y aceptamos, pero que se vuelve un espejismo al comprobar que todo aquello que nos brindaba no tarda en desaparecer a merced del nuevo producto o emoción en venta. Te ofrece ser feliz, pero sólo si eres capaz de pagar por dicha felicidad… Y la sociedad sigue golpeándose.

Todos buscamos una casa más grande, una televisión plana, ropa para ser admirados o elementos decorativos que nos proporcionen autocomplacencia. Y después lo mostramos.

Nos convertimos en generadores de desperdicios, en acumuladores de objetos que no sólo no nos aportan felicidad, si no que además en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera necesitamos. 

¿Entonces por qué seguimos ese patrón de conducta? Porque estamos enfermos.

Enfermos como nuestros antepasados griegos que expulsaron a Diógenes de la ciudad por cuestionar la importancia del valor de la moneda y combatir la aparente fortaleza del sistema mercantilista.

Enfermos como los burgueses que recopilaban objetos materiales, intangibles o seres humanos en los lienzos de sus palacios, mientras intentaban demostrar su grandeza y felicidad a través del reconocimiento social.

Enfermos como tú, que codicias objetos que la publicidad pone a tu disposición con el único fin de obtener la satisfacción de una vida mejor utilizando como vehículo lo material. Llenando tu casa de objetos que nunca tendrán el mismo valor que aquel que pagaste en su día, porque una vez eliminada la imagen novedosa, todo comienza a deteriorarse, todo comienza a ser basura.

Cada cierto tiempo los titulares de prensa recogen la noticia de ancianos hallados muertos en su casa, en el mayor de los abandonos y a menudo rodeados de desperdicios y bolsas de basura cuyo hedor había puesto en alerta a los vecinos del inmueble. Todos sin dudar sentenciamos, como grandes conocedores de la psique humana, que la culpa es el síndrome de diógenes.

Así es el ser humano, capaz de convertir a un héroe en un ser despreciable, a una emoción válida en una aberración. Capaz de enturbiar el pasado y emborronar un nombre para olvidar lo que éste intentaba conseguir.

Yo querría tener el síndrome de Diógenes.

Pero si volviésemos a la verdadera raíz del nombre y a su personaje. Una persona que abandonó todas sus pertenencias buscando la felicidad dentro su alma y no a través de los objetos materiales. Una persona que tras ver cómo un muchacho bebía agua de un riachuelo con las manos, decidió abandonar su jarra. Que decidió vivir en un tonel a las afueras de Corinto porque no necesitaba ningún otro objeto material para su felicidad.

Yo querría tener el síndrome de diógenes si hubiésemos respetado el legado de una persona que cuando fue invitado a una gran mansión y tras ser advertido de no escupir en el suelo, gran afición del filósofo, dijo “no he encontrado ningún sitio más sucio”.

Alguien que no tenía que mostrar posesiones en los mosaicos, en los óleos o en su vivienda. Alguien para el que el lujo mayor y su búsqueda de la felicidad le llevó a construir la mayor anécdota del personaje cuando gracias a la fama que había contraído, el gran Alejandro Magno salió en su búsqueda y le encontró tirado frente a su tonel.

¿Qué puedo hacer por ti?” preguntó el gran gobernante.

Apartarte contestó sereno el filósofo me quitas el sol.

Anécdota que pretende reflejar claramente que el sabio no necesitaba nada de los poderosos, que está por encima de las riquezas materiales y de la ambición del poder.

Se conoce a artistas como Leonardo da Vinci por su mente maravillosa, a políticos como Churchill por su capacidad negociadora, a activistas como Gandhi por su defensa de las libertades o a Darwin por su interés por la evolución de las especies.

Las grandes figuras históricas son recordadas por aquello que han aportado a la humanidad y no por sus pertenencias o riquezas. La relevancia por posesiones es efímera. Las actitudes o comportamientos dignos son inmortales.

Busca el reconocimiento por lo que aporte tu interior y sal de esa actividad enfermiza del materialismo.

Busca tu felicidad en tu grandeza interior y no en los óleos que decoran tu vida.

Sólo si eres capaz de mirar hacia dentro de tu alma y reconoces tus virtudes, podrás proyectarte y ser reconocido, aceptado y aplaudido de manera eterna. Ya que al final, la felicidad no está tan lejana ni tan recóndita, si no escondida entre nuestra humildad, nuestros valores y nuestro afán por ser mejores cada día.

Recuerda que para encontrar la felicidad, como Diógenes o los girasoles de Van Gogh, sólo necesitas que nadie te impida poder tomar el sol.

Feliz 2009

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