Crónicas veraniegas VII

20 agosto 2009 at 3:52 am Deja un comentario

Me encanta esta historia inventada que algún día podrían haber contado en algún lugar.

“En un pueblo de Extremadura, muy cerca de Mérida, vivía Benito. Un maduro agricultor que dejaba fascinado a propios y extraños con la extrema habilidad de saber cuando los melones estaban buenos para comerse y cuando debían ser usados para los cerdos. Era increíble ver como con sus ásperas y duras manos recorrían la piel del melón para reconocer el estado de tan suculento fruto. No había cata, golpe, ni sonido, simplemente su mirada y el tacto le revelaba la conclusión. Y nunca fallaba.

La fama de Benito llegó a tal punto que un grupo de viticultores de una zona cercana creyeron tener delante a una mente maravillosa que podría solucionarles sus problemas con las vides. Cientos de enólogos del mundo no acertaban a asegurar siempre una medalla de oro en su producto y si Benito era tan bueno sin que además la fruta sufriese ningún daño, pues la opción era perfecta. Y más barata.

Los viticultores se desplazaron hasta la finca de Benito y le pidieron que si podía acercarse a comprobar unas vides. El campesino accedió y cuando estuvo cerca de las vides, agarró una uva, la tocó y pidió que si podía comerla. Los viticultores por supuesto le dijeron que sí y éste arrancó un dulce fruto y se lo metió en la boca, tras lo que dijo: Felicidades, estas uvas están fabulosas.

Agradecidos, entregaron una suma de dinero a Benito y comenzaron a gastar una importante suma de dinero en la promoción de su siguiente cosecha, sabiendo que al ser una cosecha excelente se lo podían permitir. Sin embargo y pasado el tiempo, el producto no alcanzó ningún éxito y los enólogos y jueces de todos los concursos lo denominaron “vino de mesa”. Los viticultores estaban furiosos y corrieron a la finca de Benito con dos objetivos, el primero, reclamarle el dinero y el segundo, llamarle estafador.

Benito les miró y les dijo, “no entiendo su enfado señores, yo sólo les dije que las uvas eran fabulosas, pero entiendan que al fin y al cabo, yo sólo sé de mis melones”

En ocasiones nos encontramos en nuestras vidas personas que creen que porque una persona haya demostrado ser buena en algo, ya con eso se convierte automáticamente en experta en todo lo que se proponga o se hable, por remoto que sea.

En ocasiones hay personas que tras haber asistido a una cata de vinos, ya se creen poseedores de la habilidad suficiente para ser experto en enología. Y personas que venden habilidades inexistentes porque siempre habrá tiempo de prepararse si luego sale un encargo.

En ocasiones vendrán reclamando unos viticultores que les ayudemos al ver lo buenos que somos con nuestros melones. Sólo las personas profesionales y honestas dirán exactamente la materia en la que son especiales y para lo que están preparadas y realmente formadas. Ya existen demasiadas personas “todo vale” en el panorama profesional. La honestidad, la transparencia y la formación específica son tus garantías de futuro. Haber usado gafas toda la vida no te convierte en oftalmólogo ni tener coche te convierte en piloto de carreras.

Esa historia podría ser contada en muchos sitios de España. En muchos rincones. Yo sólo espero que reflexionemos porque para algunas cosas contaremos con la preparación y la experiencia y para otras… para darnos a comer a los cerdos. Reconocer cuál es nuestro lugar y lo que podemos ofrecer es fundamental para forjarnos una carrera sólida y solvente.

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Crónicas veraniegas VI Buenos recuerdos, malas soluciones.

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